Y a veces aún me lo digo…

Había sido uno de esos extraños días en donde tenía dinero. Decidí ir a comer a la fonda que por los últimos días había estado frecuentando. A veces ocurren cosas que ponen en entredicho nuestras certezas, sobre todo las que refieren al destino.
Esa tarde fue una de ellas. Nunca me he considerado un tipo guapo ni mucho menos; al contrario siempre he navegado en las misteriosas aguas de la mediocridad a tal respecto, es decir -sin eufemismos mediante- siempre he estado medio feo; eso si, con mucha suerte. En fin, ya había yo decidido que pedir para el plato fuerte – si es que se puede llamar así a una ración de carne bañada, o más bien, apenas mojada, en una salsa de dudosa manufactura-, esperaba pues a que llegara el ansiado plato cuando dos muchachas altas o por lo menos a mi y desde mi asiento me parecieron así, entraron al local. Al mirarlas no les preste mayor atención, portaban su uniforme escolar por lo que era evidente que se trataba cuando mucho, de adolescentes recién entradas al bachillerato y además ya estaba mi carne de puerco en salsa morita en la mesa.
El incidente no hubiese retomado alguna trascendencia de no ser que las muchachas en cuestión se sentaron justo en las bancas de la barra, a tan sólo unos centímetros de mi y una de ellas, la más próxima, al sentarse recogió su falda dejando al descubierto sus hermosísimas piernas blancas… Y es que cómo no darse cuenta si casi casi las tenía en la cara. Cuando percibí ese encanto de maravilla decidí levantar la mirada y averiguar de quién eran esas obras de arte pero sobretodo, ver si había correspondencia (las últimas experiencias me habían ya prevenido de hacerlo) y ¡que sorpresa!, todo correspondía en una armonía celestial. Su rostro era delicado, su cabello medianamente largo le caía sobre sus femeninos hombros y un poco más abajo, a la altura del escudo bordado de su escuela, se levantaban dos pechos tiernos, parecían colinas en un llano fértil donde uno puede llevar a pacer las ovejas del deseo y recostarse en la cima contemplando el milagro de la naturaleza y su magnificencia.
Era hermosa. Me miro, la mire, notó el frenesí de pensamientos, lo noté y volví a la carne en mi plato. Apenas rebanaba el primer bocado cuando sonó su teléfono y ella, con quieta calma, sabiendo de donde provenía el timbre levanto aún más su falda descubriendo por completo su pierna derecha y develando que debajo de la falda escolar vestía una especie de short, azul marino con un vivo blanco, de cuya bolsa saco el teléfono. Al ver su pierna a tal altura, casi en el cruce divino de la ingle con el muslo, tan bella, fresca, blanca, hermosa, tuve que contenerme para no lanzarme sobre ella a mordidas y descargué ese ímpetu en la carne, en unas tortillas calientes y en un apenas perceptible ¡ay mamacita!.
Puedo asegurar que sintió mi mirada pues mientras se llevaba el teléfono al oído izquierdo y con un trabajado movimiento de cabeza acomodaba su cabello me miró y sonrío ligeramente mostrando sus dientes alineados. Agradecido con Dios por lo que estaba sucediendo me volqué en profundas cavilaciones; lo primero que me cuestioné es el porqué yo, cuando entraba en la categoría para competir, no conocí mujer así, o porqué no colgaba, se levantaba, caminaba hacia mi y sentándose a horcajadas me besaba mientas me decía, entre gemidos y mordidas de labios tómame, hazme tuya; calculé su edad, calculé la mía, calcule los años de prisión y decidí que podría vivir esos años con el puro calor de ese recuerdo; pensé en lo que mis amigos dirían si llegara con ella y la presentara, a algunos como mi novia, o otros como mi pareja y a los más cercanos y menos ceremoniales como mi vieja.
Y es que las cosas pasan por algo y ésta pasó por algo que no me atrevo aún a asegurar. Ella se paró y con ella su acompañante, también bonita pero de una rodada más propia para montaña, era claro que de escuela pública no eran; y caminaron a la mesa del fondo mientras que paso a paso yo dibujaba el restos de su cuerpo. Pensé: levántate -como Lázaro un día lo hizo- y diles algo ¿Pero qué? Lo que sea no seas güey, pero ¿Queeé? Cualquier cosa… algo, no dejes pasar esta oportunidad… Ok, ¡a la chingada!. Tomé aliento, puse la mente en blanco, levanté la mirada como suplicando al cielo su asistencia y de pronto, ¿Algo más joven? Ah… Esteeee, ah… Si si, la cuenta por favor; ¡Claro! En un momento señor.¡Ah pero si seré pendejo! Me dije en ese momento y a veces aún me lo digo.

© Pablo Benito Gómez Reyes. 2012

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