Campos de fresas por siempre.

Quizá sea algo extraño el nombre que tiene esta descripción pero la extrañeza y la irracionalidad del titulo es parte de la magia psicodélica del lugar.

Ubicado al norte o algo así de mi casa que no es mía pero que parece que no es alguien más, los campos de fresas por siempre es el lugar más agradable y bello para mi, ahí encuentra reposo y descanso mi alma, mi mente y mi cuerpo de la fatiga diaria de vivir y de la presión y responsabilidad que consigo lleva esto. No es precisamente el paraíso terrenal pero en algo se le parece porque al caer la noche de un día difícil lo único que deseo es llegar al umbral de los campos de fresas y ahí abrir la puerta que separa lo lógico de lo irracional, la que divide al genio del loco y entrar al campo de fresas donde me espera el excéntrico ambiente hippie de final de siglo XX, donde al frente está un cama individual que algún día será para dos y que me llama con bellos cánticos, cánticos como con los que las sirenas llamaban a la tripulación de Ulises pero que a diferencia de él, yo, yo si voy en pos de ellos y caigo  vencido entre sus exuberantes sábanas siendo víctima de una paz indescriptible y del acoso de un erotismo abstracto. Mi mente yace en una exhaustiva inspección del lugar y al concluir, con gran emoción y alegría, con la misma que sintió Cristoforo Colombo al descubrir América exclamo: Por fin en los campos de fresas, y al hacerlo se dibuja en mi rostro que está boca arriba sobre la cama, una sonrisa de satisfacción y comienza un exorcismo en mi ser; todas las presiones, las responsabilidades y malos ratos del día, como los disgustos han sido echados fuera de mi, exiliados, desterrados y que en algún momento han de volver, pero mientras tanto yo disfruto del momento.

Ahí en los campos de fresas llega el momento de analizar mi vida, de pensar porque actué así, ¿así?, ¿así cómo?… al diablo con eso y giro el cuerpo y me siento en la orilla derecha de la cama y tomo con la mano izquierda un disco de los Beatles y con la diestra un libro, cualesquiera, llámese La muerte de Artemio Cruz, Antropología de la pobreza, Rosa BlancaDesaparecido, Sin odio, sin armas y sin violencia, etc. que son mi boleto para viajar ida y vuelta en esa psicodelia de la que hablaba en el principio y formar parte de cada historia, sentirme Don Jacinto litigando por algo que no es mío pero de lo que soy el dueño en Rosa Blanca, embadurnarme de ácido lisérgico e imaginarme en Tobruk o en donde el autor del libro me quiera llevar, saciarme de esa psicodélica que envuelve en todo su ente a los campos de fresa por siempre.

Luego me levantaré de la cama; y voy hacia el otro lado del mundo, enfrente, a poner en el reproductor el disco mientras contemplo una vieja Biblia sobre una copia del Corán, irónico pero cierto; miles de judíos murieron y la iglesia no dijo nada, irónico pero cierto, miles de vietnamitas murieron y los norteamericanos no dicen nada, irónico pero cierto, Hitler podría ser hermano del Papa y nadie diría nada, los Beatles dijeron que eran más famosos que Cristo y el mundo y su irónica hipocresía pusieron el grito en el cielo… en los campos de fresas por siempre nada es real, por eso se parece a la realidad. Empieza a rolar la rola que ha sido rolada más de no sé cuantas veces en el rol de cientos de rocolas. Me aparto de ahí y camino en línea recta, sin tangentes, sin turbulencia y sin prisa hacia enfrente, llego a la puerta y veo al mítico cancerbero y lo tomo entre mis manos, giro la perilla para entrar al inframundo de los campos de fresas que en este mundo globalizado también se llama baño o WC. Al entrar siento un gélido ambiente que se transforma en un escalofrío general en mi pequeño cuerpo, al lado izquierdo está el lavabo con su botiquín y su clásico espejo tradicional tercermundista, al lado derecho esta el retrete con su perímetro frío como un témpano de hielo que podría ser la representación gráfica de estilo clásico barroco del diluvio en donde parte de la humanidad se dispersa en un montón de agua para ya nunca volver, también podría ser la Apocalipsis para un visionario del fin del mundo o simple y llanamente la imagen caótica estereotipada del infierno con base en los dictámenes del catolicismo.

En fin, siguiendo con el mágico y misterioso tour se encuentra más hacia la derecha, a un meñique del autoritarismo la cortina que separa a la regadera nube del resto del baño y al final, en el confín de este pequeño, relativo y substancioso inframundo se encuentra una ventana, la única visión de los campos de fresas por siempre hacia la realidad abstrusa.

Quedar absorto no es raro en mi y así, precisamente así estoy, pues las ganas y el ímpetu por miccionar han quedado cohibidos ante la terrible óptica de la soledad que embarga el momento, esta bella dama de vestido rojo que ha entrado por la ventana del baño me ha dejado atónito y perplejo, miro hacia arriba y veo a Lucy en el cielo con diamantes pero no, no era ella sino una cometa que lidiaba ferozmente, como Ho Chi Minh contra los invasores, con una luciérnaga que se creía muy macho al haberle robado un poco de luz y brillo al cometa pero que no dejaba de ser estúpida pues había perturbado mi vista y me había llenado de pavor al contemplar su arrogante y orgullosa risa al sentirse victoriosa y por haber completado el cuadro de terror que me había dejado la terrible soledad del baño que en nada se compara con la calidez de los campos de fresas aunque el baño forme parte del complejo psicodélico y que en ocasiones mute de baño a inframundo y de inframundo a oráculo y este te convierta en lugar de reflexión y así completar este circulo vicioso psicodélico.

Salgo de ahí pues nada es real, en los campos de fresas todo es ficticio, nada real, al salir todo ha cambiado aunque los Beatles siguen cantando, se presiente una tormenta hippie, lo pronostica la pantalla del reproductor: track 12. John, Paul, George y Ringo le dicen al mundo que todo lo que necesitan es amor y empieza la tormenta, caen flores y se dibuja un arcoiris en todo el cuarto, blancos y negros se aman, Hitler se convierte al judaísmo y el presidente de Gringolandia es chicano, pariente mío quizás, israelitas y palestinos son amigos, José Stalin va a comulgar con el Papa, la ONU le cambia el nombre a la tercera roca del sol y de llamarse Tierra se llama Planeta Amor pero… ¡un momento, silencio, que pare la cursilería, la ingenuidad y la estupidez!. ¡Alguien esta en la puerta!. Hay un silencio mortal, todos fijan la vista en la puerta, Hanibal at portas gritan incrédulos los romanos que se guarecen en los libros de historia que se encuentran encima del escritorio que está en el centro de los campos de fresas y se cierran bruscamente. El pánico se apodera de la humanidad y yo en el centro solo, inmutable, solo contemplo lo que acontece. Maria Antonieta presiente su cuello en la guillotina y escucha el vigoroso grito de ¡Viva la República!, Kennedy ve a Lee Harvey Oswald cargar el rifle con que lo matará, lo mató; el pánico, el terror cunde porque Alguien está en la puerta, está a punto de violar la soberanía, la tranquilidad de los campos de fresas. Desde lo alto del librero Gorbachov contempla la caída de su cortina y el Che Guevara presiente el 9 de octubre. No hay salida compañero, Cristo exclama en el gólgota Eli Eli lamma sabacthani, padezco pánico en tercer grado a punto de llegarle al cuarto, no hay solución, no hay reversa, se oye el crack de los engranes de la perilla de la puerta que se oponen a ser abierta. Se ha abierta por fin el sésamo, se ha rasgado el velo del templo mayor, el hijo del hombre a muerto por nosotros y seguirá muriendo, se abre ante mi el cielo y el infierno, no circula sangre a mi cerebro estoy en shock, en jaque… resuena con vigor la 5° Sinfonía de Beethoven y el intruso entra, ha llegado el holocausto, el cataclismo final.

¡Es mi madre! Todo ser ya sea viviente o inerte se forma y se cuadra ante su presencia.

—Hijo ven a comer, pronto, porque vamos ha ir a misa, ¡Dios Santo!— Exclama al inmiscuir su mirada mas allá de mí ser —¿Cómo puedes estar en este lugar? Me reprende con dulce y firme voz como lo caramelos que son duros por fuera e inmensamente dulces por dentro

—Al regresar lo vas a arreglar y por favor apaga esa música.

Los dioses han hablado, hablaban, hablaron, hablan y hablaran y no hay más, tendré que obedecer y salir de los campos de fresas, aunque he de regresar, claro que he de regresar, porque es ahí donde puedo contener en la mano el infinito y en una hora la eternidad, porque es ahí donde se está a un paso del Nirvana y a dos de la locura, en donde se tiene de vecino al Olimpo. Porque será ahí cuando yo le diga a mi destino dame la mano que voy a donde nada es real, que voy y no vuelvo pues voy a los Campos de Fresas por Siempre.

FIN

© Pablo Benito Gómez Reyes. 2000

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