CUANTIFICACIONES VITALES: Una voz de esperanza para todos los pueblos.

Desde los primeros días de la humanidad hasta hoy ha existido en el interior del hombre (y de la mujer, para estar a tono con el discurso oficial) un poderoso impulso por comparar, por confrontar. Interpelaciones como si esto es más que aquello, si pesa más o esta más lejos aquí que allá han rondado la mente de todos los seres humanos propiciando que se emplee a profundidad dando en el mejor de los casos cientos quizá miles de explicaciones a lo largo del devenir humano. Ahí esta –por ejemplo– Tycho Brahe, danés que se dedicó a realizar numerosas y precisas mediciones astronómicas del sistema solar y de más de 700 estrellas, lo que le granjeó interminables discusiones con su esposa quien noche tras noche le pedía –al principio- entrara a casa. Después de un tiempo, en 1572, ella se fue y él, él tan solo miró como en Casiopea fulguraba una supernova.

Pero no fue el único en esas frecuencias confrontativas también Robert Hofstadter sentía ese ímpetu en su ser y una mañana pidió prestado el Acelerador Lineal de Stanford con el que realizó mediciones de gran precisión del tamaño y configuración del protón y neutrón. O ahí esta el marino español Toño de Ulloa quien estuvo en cuanta expedición científica tuvo lugar en el siglo XVIII y a quien se le ocurrió medir la distancia terrestre correspondiente a un grado de meridiano cerca del ecuador y próximo al polo. Pero la naturaleza del pensar humano llega a ser tan obcecada que siempre desea ser más y más exacta como le ocurrió a Galileo quien por pasar de la física especulativa a las mediciones precisas terminó dictando las leyes de la caída de los cuerpos y de la trayectoria parabólica de los proyectiles. Seguro que si le alcanza la vida habría promulgado la ley del offside o del fair play.

Pienso en estos momentos en que yo siempre he querido medir muchas cosas, de las más variadas naturalezas como el Berzelius que midió los pesos atómicos o el pobre de Colón que hubo de calcular mediciones sobre el grado y la esfera terrestres para defender su proyecto ultramarino y que tal el buen Weber pero no Max sino su lejano pariente Wilhem Eduard quien en Leipzig desarrolló varios instrumentos para medir la corriente eléctrica, en especial el electrodinamómetro para mediciones absolutas; que se puede decir de Robert Edwin Peary quien entre 1884 y 1885 se dedicó a la previa medición topográfica del nunca construido canal de Nicaragua, a Hiparco el griego le pasó algo semejante pues llegó 6.5 minutos tarde cuando intentó medir el año tropical a partir de las estaciones –aunque más bien fue turco pues nació en Iznik–. La cuasi obsesión del hombre por medir ha alcanzado los grados institucionales, el Instituto de Medición de la India es claro ejemplo de ello, e incluso a llegado a los ámbitos de la ciencia política con los tíos del movimiento llamado conductismo quienes sostienen que la medición y la observación objetivas se deben aplicar a todas las conductas humanas tal y como se manifiestan en el mundo real. Se trata pues de un menester múltiple y complejo, es más hasta se han intentado medir los estados de conciencia a través de la medición psicofísica de los umbrales perceptivos con el psicólogo y fisiólogo alemán Gustav Theodor Fechner.

Al parecer casi todo se puede medir, se mide la luz en una película fotográfica, la presión arterial, la renta nacional, se miden los versos de un poema o el sonido de una canción, la fiebre, las aptitudes, la deriva continental, las audiencias, los muertos, los días, el tiempo… ¿y la vida? ¿Mi vida? ¿Cuánto mide mi vida? En el sistema métrico decimal la vida es un viaje colectivo que todos emprendemos al nacer y aunque todos llegaremos a la estación terminal, no todos tomamos la misma línea ni mucho menos la misma dirección. La vida es como el STC. Reminiscencias a antiguos recuerdos, deseos prístinos de una influencia extraviada, de una llegada ficticia. Hoy mi vida –después de mucho corroborar– mide un metro sesenta centímetros, es talla 5, copa B y calza del 23. Es pues cada tarde, cada noche, cada mañana una cuantificación vital, verdaderamente una voz de esperanza para todos los pueblos del mundo: AMOR

© Pablo Benito Gómez Reyes. 2011

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